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Miguel Díaz-Canel reconoció en público lo que millones de cubanos comprueban cada día en el mercado. Las promesas de transformación económica no tendrán credibilidad alguna si no terminan convirtiéndose en alimentos sobre la mesa. La admisión llegó durante un encuentro con representantes de la agricultura y la ganadería. Allí, el gobernante cubano midió el éxito de su propio programa con la vara más elemental que existe: el plato de una familia.

“Hay muchas cosas que no avanzan”: la confesión ante el sector agropecuario
El reconocimiento no se limitó a una frase aislada. En efecto, Díaz-Canel admitió que “hay muchas cosas que no avanzan” y que numerosos asuntos continúan “trabados”. Acto seguido, exigió al sector agropecuario producir más y hacerlo con mayor eficiencia. Se trata, sin embargo, de una demanda dirigida a productores que llevan años reclamando insumos, combustible y libertad para vender. Por lo tanto, la exigencia oficial vuelve a recaer sobre quienes menos control tienen sobre las condiciones de producción.
176 transformaciones económicas y una promesa que no llega a la mesa
El régimen habla ahora de 176 transformaciones económicas y sociales. De ese total, asegura que 162 tienen impacto directo en la agricultura. Asimismo, la dirigencia presentó algunos resultados positivos de empresas y productores puntuales. Ninguna de esas cifras, no obstante, se traduce todavía en abastecimiento estable. La contabilidad de medidas avanza mucho más rápido que la producción de alimentos. Y una familia cubana no come transformaciones: come lo que consigue, cuando lo consigue.
Décadas de control estatal detrás de un problema elemental
Ahí se encuentra la contradicción de fondo. Después de más de seis décadas de políticas agrícolas controladas por el Estado, el gobierno vuelve a anunciar cambios para resolver un asunto básico. Ese asunto es, sencillamente, conseguir comida. Cuba importa hoy la mayor parte de los alimentos que consume su población. Además, tierras fértiles permanecen ociosas o cubiertas de marabú mientras los mercados se vacían. En consecuencia, cada nuevo paquete de medidas se percibe como el reciclaje de un fracaso anterior.
Precios elevados, escasez y una credibilidad agotada
Para el ciudadano común, el cálculo resulta mucho más simple que cualquier informe oficial. Los precios suben, los productos desaparecen y el salario pierde valor cada mes. Por ello, las leyes, los planes y los discursos solo adquieren sentido si terminan en el plato. La credibilidad del régimen no se juega en una tribuna ni en un balance ministerial. Se juega, en cambio, en el mostrador de una bodega vacía y en la cola de un agromercado.
La pregunta que el propio régimen ha dejado abierta
Díaz-Canel fijó el criterio y, con ello, aceptó el examen. Si la comida no aparece, la gente no creerá. Queda entonces una pregunta inevitable para la comunidad cubana dentro y fuera de la isla. ¿Cuántas transformaciones más necesitará Cuba antes de que producir alimentos deje de ser una promesa y se convierta en una realidad? La respuesta, por ahora, sigue sin llegar a ninguna mesa.
Fuente: ¡DÍAZ-CANEL LO ADMITE! “SI LA COMIDA NO APARECE EN EL PLATO, LA GENTE NO VA A CREER”

