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La Habana, octubre de 2025
En diferentes ciudades de Cuba, se ha vuelto habitual ver a familias enteras —incluidos niños pequeños— durmiendo en portales, aceras o bancos de parques durante las noches. El motivo: los prolongados apagones que afectan al país y que, en algunos casos, superan las doce horas continuas sin suministro eléctrico.
Lo que en otro tiempo habría sido una escena excepcional, hoy se repite a diario en pueblos y ciudades donde el calor, la falta de ventilación y los mosquitos hacen imposible conciliar el sueño dentro de los hogares.
Una crisis que afecta a los más vulnerables
La situación se agrava con la llegada de los meses más calurosos del año. En provincias como Santiago de Cuba, Holguín y Ciego de Ávila, las familias se ven obligadas a sacar colchones y mantas a la calle en busca de algo de aire.
“Los niños no pueden dormir, el calor es insoportable. Sin ventilador, terminamos afuera aunque sea peligroso”, comenta Marta, madre de tres hijos, desde el centro del país.
En redes sociales circulan numerosas imágenes y videos que documentan esta realidad: madres abanicando a sus hijos durante la madrugada, ancianos sentados a la intemperie y vecindarios enteros intentando descansar bajo la débil luz de un farol o de un teléfono celular.
El colapso del sistema eléctrico
El gobierno cubano atribuye la situación a la falta de combustible y a las averías constantes en las termoeléctricas. Sin embargo, expertos y ciudadanos coinciden en que se trata de un problema estructural derivado de años de desinversión y mala gestión.
“El sistema eléctrico nacional ha colapsado”, afirma un ingeniero retirado de la Unión Eléctrica. “No se trata de un fenómeno puntual, sino del resultado acumulado de décadas sin mantenimiento real ni planificación”.
La escasez de piezas, la falta de inversión extranjera y la dependencia de países aliados para obtener combustible han dejado al país sin capacidad de respuesta.
Riesgos sanitarios y sociales
El impacto de los apagones no se limita al ámbito energético. Los efectos en la salud y la seguridad son cada vez más evidentes. Los médicos advierten sobre el aumento de casos de enfermedades transmitidas por mosquitos, especialmente el dengue, debido a la exposición al aire libre durante las noches.
También se han registrado incidentes de robos, mordidas de ratas y conflictos vecinales. “Las calles quedan completamente oscuras. Es peligroso para los niños y para todos”, denuncia un padre de familia en Santiago de Cuba.
El sueño interrumpido, el estrés y la falta de descanso afectan el rendimiento escolar de los menores y la salud mental de los adultos, creando un círculo de agotamiento y desesperanza.
Una infancia a oscuras
Las consecuencias sociales de esta crisis energética recaen, principalmente, sobre los más indefensos. Niños y adolescentes están creciendo en un entorno donde lo normal es dormir en la calle, bañarse con cubos de agua y estudiar a la luz de una vela o un teléfono.
“Esta generación está aprendiendo desde pequeños a resistir, no a vivir”, resume un maestro jubilado en La Habana. “Y eso deja marcas que durarán muchos años.”
La resignación como rutina
Mientras las autoridades prometen soluciones que nunca llegan, el pueblo cubano se adapta. Algunos improvisan plantas eléctricas, otros comparten baterías portátiles o paneles solares. La mayoría, simplemente, espera que vuelva la luz.
La imagen de un niño dormido en el portal de su casa, con un abanico en la mano, es hoy una de las postales más duras de la Cuba actual: un país donde el descanso se ha vuelto un privilegio y la oscuridad, una rutina.
Epílogo
Los apagones en Cuba ya no son solo una falla técnica: son el reflejo visible de un sistema agotado. Cada noche sin electricidad simboliza el deterioro de la vida cotidiana y el costo humano de la ineficiencia.
Mientras tanto, los niños siguen durmiendo en las calles, víctimas silenciosas de una crisis que no deja de oscurecer el futuro.

